Lorenzo Montenegro Cabrera
Lo Barnechea, Metropolitana de Santiago

Don Lorenzo Montenegro tiene 75 años en la actualidad. Su primera experiencia como corredor de Cuasimodo fue a los 8 (en 1946), sumando durante su vida 67 versiones de la corrida en Lo Barnechea (sólo en una ocasión no pudo correr por enfermedad) y muchas otras vivencias ligadas a ella. Nacido en el campamento minero de la Disputada de Las Condes donde su madre tenía una cantina, se crió en un ambiente rural cordillerano observando la bajada del cobre en carretas por angostos y a veces nevados caminos hacia las zonas de depuración.

Después de algunos años, la familia Montenegro se mudó al sector El Durazno, a unas 3 horas y media de camino a caballo desde Barnechea hacia lo profundo de la quebrada del Arrayán, donde desarrollaban sus actividades como arrieros y agricultores en compañía de algunas familias que habitaban en distintos puntos de una vasta zona cordillerana. Estas aproximadamente doscientas personas que compartían el valle se apoyaban entre sí y mantenían los senderos haciéndole retoques a su paso, lo cual con el tiempo al desaparecer los habitantes se fue perdiendo, quedando las pocas casas habitadas muy aisladas y los caminos transformados en huellas confusas. En El Durazno el núcleo familiar se extendió llegando a ser 13 hermanos entre los cuales se cuenta a doña Clemira Montenegro, otra gran cuasimodista. Desde pequeño Lorenzo fue tratado con cariño como “don Lolo” por los adultos que vivían en las inmediaciones de su casa, lo cual reflejaba la fortaleza de un niño que aprendió tempranamente labores de campo dignas de un mayor como poner herraduras o ensillar mulas chúcaras. Algunos de estos vecinos que trabajaban en caseríos más arriba del Durazno bajaban año a año para participar en Cuasimodo barnecheíno, ocurriéndosele en una ocasión a don Emiliano Paz invitar al niño Lorenzo: “Oiga don Lolo, esta otra semana es Cuasimodo… ¿va a ir usted?... vamos a decirle a Aliro (padre del niño) que lo deje. ¡Nosotros vamos a bajar temprano!”. Esa invitación provocó un entusiasmo enorme en el infante, el cual nunca se apagó. Don Elidio, más conocido como Aliro, era un hombre de pocas palabras. Cuando le pidieron permiso para llevar al niño a la corrida se limitó a decir: “por ahí tiene una yegua rosilla… pero no me entusiasmen al cabro!”. Don Lolo y otro retoño que vivía por las montañas llamado Manuel Dávila marcarían época al ser de los primeros niños que participaron en este Cuasimodo, el cual sólo integraba adultos y casi exclusivamente de sexo masculino. Con el pasar de los años, infancia, juventud y feminidad comenzaron a incorporarse hasta ganar relevancia.

Cuando don Lolo era niño las condiciones de las familias del campo, sobretodo las numerosas, eran más rústicas y sacrificadas que las de hoy. No existían ciertas comodidades domésticas a las que hoy podemos acceder ni tampoco se podía gastar dinero familiar en vestuario y/o aperos ostentosos como los que en la actualidad son necesarios para validarse como huaso. Esto marcaba diferencia también en la corrida de Cuasimodo, donde la mayoría de la gente asistía con trajes sencillos pero impecables para la ocasión. Es así como el año en que don Lolo se dispuso a correr por primera vez, su padre, quien trabajaba como arriero y agricultor para la autosubsistencia, le marcó bien las condiciones: “Si querís correr va a tener que ser con zapatitos rebajaos no más, te ponís las espuelitas…”. El inicio sería muy humilde, pero Lorenzo se propuso con su propio esfuerzo ir constituyendo traje y equipo de buena calidad para Cuasimodo.

De esta manera, don Lolo se integró al grupo de cuasimodistas arrieros y agricultores que desde la cordillera en la década de los cuarenta bajaban a Barnechea para participar de la corrida. Hacían un largo trecho para tomar los caballos que les esperaban en la zona baja del Santuario y enfilar hacia las canchas aledañas a la parroquia donde se unirían al caravana cuasimodista. En esos tiempos –recuerda don Lolo– la vestimenta era muy variada a diferencia de la actualidad, donde se ha formalizado en general el atuendo cuasimodista con el uso de la esclavina y la pañoleta (desde mediados de los años setenta en adelante). Gente con terno y corbata a caballo; huasos con distintos aperos; campesinos con su ropa de trabajo; etc. Todos se daban cita para “correr a Cristo” en el pequeño pueblo de Lo Barnechea, donde la gente se conocía y prácticamente no existían males ligados más a la urbanidad como la delincuencia.

Durante sus años de niñez y juventud don Lolo fue solidificando su condición de cuasimodista. Trabajando junto a su padre logró juntar el dinero para comprar sus primeras botas y sombrero de huaso, que luciría orgulloso en la corrida. Junto a su madre, se trasladaba una vez al mes hasta una tienda especializada en ropa y aperos de huaso en la Vega Central, donde paso a paso fue armando su tenida, incluyendo la manta. Don Benito, el dueño de la tienda quien era amigo de doña Matilde, su madre, cuando se asomaban por el lugar de inmediato exclamaba: “¡ya viene con el guatoncito!… ¿qué quiere ahora?... ¡ven pa acá guatón, ya pruébate esto!…”. Muy importante para sus ahorros era también su gran habilidad para la pesca. Equipado con una simple varilla se aventuraba a pescar en ciertos pozones del río en el Arrayán, ubicados en una zona donde por esos años llegaban numerosos pescadores aficionados, sobretodo de nacionalidad española. Ante el fracaso de la mayoría aparecía don Lolo con decenas de truchas frescas para vendérselas. Además, ya haciéndose conocida la reputación del niño como pescador, la gente llegaba muy temprano y contrataba a don Lolo como ayudante. A los 11 años gracias a su propio dinero ya corría como un huaso bien “pinteado” en Cuasimodo. Este afán por presentarse a la corrida cuasimodista con la mejor tenida y aperos posible (con sencillez y calidad) lo ha llevado durante su vida a ganar más de diez veces el premio al huaso mejor presentado que se otorga en la fiesta de finalización barnecheína. Respecto a su caballo, siempre ha gustado que la presentación de éste sea lo más natural posible, sin que el animal lleve adornos especiales que le causen molestias, calor y/o desvirtúen su estilo campestre, regla que sólo rompió en una ocasión cuando su abuela le engalanó al equino con pompones que no causaron gracia en el corredor.

Hoy, don Lolo habita la mayoría del tiempo en un sector llamado Los Nogales, un poco más arriba del caserío de su infancia. También conocido como “las casas en ruinas”, se trata de un complejo patronal que fue quemado y destruido supuestamente por un grupo de hippies en los años sesenta. Hace poco tiempo el dueño del lugar ofreció a don Lorenzo hacerse cargo del cuidado de la casa principal y la mantención de 8 hectáreas de campo, trato que se cerró en el instante tomando en cuenta que en este campo don Lolo puede amparar también a sus propios caballos y mulas. Según su apreciación, se trata de una zona hermosa, donde la tranquilidad y pureza de la cordillera se expresan totalmente sin ser intercambiables por ninguna oferta de vida urbana. Además, la casa donde habita, construida en piedra y madera de alerce, cuenta con suficiente espacio para recibir visitas de familiares que suben a disfrutar de la naturaleza. Sin embargo, este antiguo barnecheíno tiene casa también en una ladera del Cerro 18, ubicada en un complejo habitacional que comparte con familiares y a la cual accede por periodos cortos de tiempo para aprovisionarse y realizar diversas actividades puntuales en la ciudad. Dentro de estas actividades guarda importancia vital la corrida de Cuasimodo y las actividades ligadas a su preparación, para lo cual se mantiene en constante contacto con sus pares corredores sin desentonar ningún año desde la ya lejana década de los cuarenta.

Don Lolo desde sus inicios en la corrida asumió de forma casi natural un rol que lo acompaña hasta la actualidad. Se trata del cargo de “jefe de fila” en el grupo de jinetes, quien es el encargado de recorrer la columna montada vigilando que todo se desarrolle en orden. Siendo joven siempre gustó de correr cautelosamente, fijándose en que los grupos corrieran alineados. Así, de manera espontánea comenzó a dirigir a los jinetes para que mantuvieran bien sus posiciones y no se excedieran en sus movimientos. Esta tarea la llevaba a cabo observando las formas en que los jefes vigentes desplegaban sus habilidades, a quienes también pedía permiso para ayudar en su misión. Después de unos años, en una reunión de la organización, le entregaron las escarapelas oficiales que utiliza esta jefatura en su manta y en la oreja del caballo ante el buen desempeño que había demostrado ayudando en la corrida, lo cual sería todo un hito, ya que hasta ese momento nunca se había delegado esta responsabilidad a un joven, recayendo sólo en cuasimodistas de muchísima experiencia.

La tarea de esta jefatura se ha complejizado con el pasar del tiempo. El crecimiento demográfico de la comuna se ha visto reflejado en Cuasimodo, siendo hoy alrededor de 500 jinetes a diferencia de los aproximadamente 100 que antaño eran, debiendo los jefes controlar esta gran masa de “huaserío”. Por lo demás, muchos de estos nuevos integrantes son jóvenes que corren, a veces, de manera agresiva, chocando sus caballos con otros corredores y causando desorden en general. También en este sentido, se remarca que antiguamente en la corrida prácticamente no existía la ingesta de alcohol ni la presencia de ebrios, limitándose este tipo de jolgorio para después de su finalización. Hoy en día, en cambio, existe una considerable cantidad de corredores que se presentan en estado de ebriedad ya que comienzan a beber la noche anterior en los preparativos para después refrescarse con cerveza mientras corren. Esto sube considerablemente las posibilidades de accidentes. En décadas anteriores, un hecho que regulaba ostensiblemente estos desacatos eran las severas sanciones que un comité especial hacía recaer sobre los corredores rebeldes, las cuales al ser reiterativas conllevaban la expulsión definitiva. Hoy no existen instancias de este tipo para castigar indisciplinas.

Sin obviar dificultades, lo positivo apunta a que después de tan numerosas corridas oficiando como jefe (alrededor de 60), el respeto y cariño que ha ganado Don Lolo entre la gente es enorme. Nunca en todo este tiempo ha tenido problemas considerables en cuanto a faltas de respeto, peleas o desatinos de algún tipo entre los corredores y él, siendo su figura validada como autoridad por todos los segmentos de la caravana. Esto se ha logrado, según su propia percepción, gracias a la compostura y gran respeto con que él mismo ha asumido su rol, dejando de lado todo tipo de prepotencias, insultos y soberbia al momento de impartir orden entre los corredores.

Por otra parte, este antiguo cuasimodista siempre ha estado ligado a la crianza de equinos, con lo cual ha aportado en el cuidado de cientos de animales que sirven o han servido para la corrida. Este aporte se complementa con sus avanzados conocimientos en el manejo de caballos durante la corrida pensándose específicamente en las calles que deben ser recorridas. En el pasado el recorrido era ostensiblemente más largo (accedían también al Arrayán) debiéndose saber muy bien la intensidad en que se podían usar los animales para no tener problemas de agotamiento. En algunos largos trechos se galopaba por los caminos de tierra provocándose frenéticas carreras entre jinetes que derivaban en polvaredas y peligrosos peñascazos. Hasta la carroza del cura asumía velocidades vertiginosas, pareciendo a veces que la sotana del religioso volaba. Hoy el camino es más corto pero se visita mayor cantidad de hogares, sobretodo en el denso centro de la comuna, lo cual ha alargado la jornada en algunas horas siendo un factor muy relevante la velocidad mesurada que debe mantenerse para no resbalar en el asfalto.

Don Lolo se ha esforzado por que la tradición cuasimodista perdure en su familia y comunidad. Tanto a sus hijos como a sus nietos los ha iniciado en la festividad teniendo alrededor de 2 años de vida. Junto a su hermana, doña Clemira, don Lorenzo ha promovido la práctica de Cuasimodo en diversos lugares de la Región Metropolitana, asistiendo con sus caballos y/o en vehículos a los encuentros y procesiones que organiza la Asociación Nacional (donde destaca la del Templo Votivo de Maipú y la de Santa Teresa de Los Andes), además de organizar algunos Cuasimodos como en el caso de uno realizado por cierto tiempo en Providencia (desde Pedro de Valdivia Norte). Como cuasimodista de larga vida, don Lolo ha sido testigo del paso de numerosas y diversas directivas en la organización de Barnechea. En los años ochenta, él ofició también algunos periodos como vicepresidente, experiencia que destaca como muy enriquecedora. Históricamente se ha operado a través de una asamblea que aprueba o desaprueba las distintas medidas que son propuestas por sus integrantes. Este mecanismo hoy se ha visto coartado por una baja en la participación, hecho que paulatinamente se ha dado desde hace ya ocho años. Por esto, mediante un trabajo en paralelo se pretende conjuntamente con otros cuasimodistas de larga data crear nuevas formas de difusión para fomentar la participación y lograr cambios a nivel dirigencial que acerquen la organización a la masa de cuasimodistas barnecheínos, volviéndose a una sana renovación cada ciertos años de las personas encargadas.

  • Identificador SIGPA: CI871
  • Fecha de registro: 11-11-2013
  • Tipo: Cultor individual
  • Género: Masculino
  • Comuna: Lo Barnechea
  • Region: Metropolitana de Santiago
Ubicacion