Comunidad Kawésqar de Puerto Edén

Conocedor del territorio y medioambiente / Kawesqar

cultor colectivo
Documentado por: Tesoros Humanos Vivos

Reseña

“Antes, mi padre nunca me contaba lo que usted me viene a preguntar. Ahora lo siento, lo que usted me pregunta, cuánto me cuesta saberlo y eso es lo que quiero saber ahora mismo. Que la gente que viene sepa que me cuesta recordar…”

Gente de carne y hueso

Al sur del Golfo de Penas y en medio de los canales patagónicos, en el extremo sur de nuestro país, se encuentra Wellington, una isla compuesta de un conjunto de pequeños islotes, que ocultan la pequeña ensenada donde se ubica la recóndita localidad de Puerto Edén, la única poblada en toda la Isla.

Una jornada completa hay que navegar desde Puerto Natales, en la XII Región de Magallanes, para llegar a esta caleta de pescadores rodeada de riveras escarpadas y de altas montañas, en cuyas faldas crece abundante y verde vegetación nativa. En Puerto Edén no hay calles, sólo una larga pasarela de madera frente a las frágiles viviendas ocupadas por los no más de 300 habitantes. Existe una estación meteorológica de la Armada de Chile, una misión salesiana, un retén de Carabineros dependiente de la Prefectura de Puerto Natales, una posta de primeros auxilios, escuela, registro civil, y un grupo de cabañas donde viven diez de los últimos representantes de un pueblo en extinción: los kawésqar, que quiere decir “gente de carne y hueso”.

Puerto Edén se fundó oficialmente en 1969, pero su historia como asentamiento se remonta al tiempo en que este pueblo nómade y canoero ocupara, desde hace aproximadamente 6000 años, el lugar y sus alrededores. Los kawésqar habitaban las playas de la Isla Wellington y las otras islas del sector en campamentos no definitivos, hasta que en el año 1936 se instaló en esta localidad una base de la Fuerza Aérea (FACH). Esto provocó que unos pocos comenzaran a ubicarse en sus mismas chozas pero en los alrededores de la base, recibiendo protección y satisfaciendo sus necesidades de alimento y ropa. Luego, durante la década de 1960 se construyó la escuela, Puerto Edén quedó bajo la jurisdicción de Carabineros de Chile y el Gobierno de ese período hizo entrega de casas al pueblo originario. Entre 1969 y 1970, los kawésqar fueron trasladados desde sus campamentos a orillas de las playas hasta Puerto Edén, donde viven hoy. Y así lo cuentan los últimos integrantes de esta comunidad: con la mirada llena de nostalgia por tiempos anteriores, ojos rasgados y brillosos colmados de historias y aceptando no tan convencidos una situación que les fue impuesta. Ese traslado permitió que los integrantes de esta comunidad se educaran y recibieran asistencia médica, pero significó también una de las principales causas de la dispersión y la deserción de los kawésqar a otras ciudades, y por consiguiente, de la pérdida del traspaso oral de las tradiciones y costumbres de este milenario pueblo indígena, descendiente del Sol y la Luna.

Hasta la llegada del hombre blanco, los kawésqar o “nómades del mar”, como les llamó uno de los principales investigadores de la etnia, Joseph Emperaire, navegaban por los gélidos fiordos australes en sus estrechas pero largas canoas o hallef. Éstas eran verdaderas viviendas flotantes, en las que cabían familias enteras de hasta 15 personas, más la leña para el viaje. De las cristalinas aguas, depósito de glaciares cuaternarios, extraían el marisco para comer y cazaban nutrias, aves y lobos marinos, de los cuales utilizaban su piel para cubrirse y el aceite para protegerse del frío. “En ese tiempo recorríamos con las canoas para cazar lobos y buscar cómo mantenernos nosotros. Y también estaban esos cuando salíamos, los pájaros. El quetro, el pato motor que le dicen ahora. Ese era el alimento nuestro. Con eso crecíamos nosotros y por todas partes andábamos.” En ese entonces solo las mujeres sabían nadar, ellas eran las encargadas de bucear, con un canasto en la boca, en busca de los mariscos que conformarían su alimento. En la canoa, eran ellas quienes remaban, mientras los hombres –arpón en mano- se encargaban de la pesca. El fuego se mantenía dentro de la canoa y se cuidaba para que no se apagara cuando hacían las carpas. El trabajo de mantenerlo duraba todo el día. Se dejaba el fuego rodeado de barro para que no se consumieran tan rápido las maderas, y ahí se cuidaba, para que no se fuera a apagar. Hasta que amanecía.

Y así vivían las familias kawésqar –núcleo central de esta cultura originaria-, hasta hace no mucho tiempo, con muy pocas posesiones materiales debido a su nómade condición: una liviana choza de base ovalada cubierta con pieles, cortezas y hojas de árboles nativos, de rápido y fácil montaje y desmontaje; una canoa hecha con cortezas de coihue o ciprés como único y vital medio de transporte; los utensilios de pesca, caza y recolección de alimentos dentro de los que predominaban los arpones y los canastos trenzados hechos de junquillo; y capas y taparrabos de piel con que cubrían sus cuerpos del frío y del fuerte viento dominado por el espíritu de Ayayema. Estas pertenencias eran compartidas por la comunidad, y esta especial y olvidada forma de compartir recibía el nombre de tchas. Se trataba de una ofrenda o intercambio gratuito, de dar, aunque no hubiese nada que esperar en trueque por el momento. Así, el alimento por ejemplo, era repartido entre todas las familias del grupo sin que el que lo proporcionara, recibiera un reconocimiento especial por el esfuerzo o trabajo realizado. Ya vendría su turno de recibir…

Cosmovisión, muerte y trascendencia

La vida de las personas de este pueblo, se ha visto marcada desde siempre por su íntimo contacto con un escenario de sobrecogedora naturaleza, conformado de archipiélagos, fiordos y canales que componen su extenso territorio. Si bien, muchas de estas tierras ya no son ocupadas por ellos hoy, sí lo son por los espíritus de sus ancestros. Éstos les enseñaron a los últimos representantes de esta cultura a identificarse con un mundo rico en creencias, mitos, sueños y presagios, acompañado de prácticas religiosas que incluyen el chamanismo, la existencia de seres sobrenaturales y la magia. Para los kawésqar, estar en este mundo es el resultado de una seguidilla de constantes dificultades a las que hay que sobrevivir, por lo que cada etapa de su vida era celebrada a través de la ritualidad: su nacimiento, la llegada de la adolescencia, la iniciación o Kálakai, la fertilidad y la muerte. Durante estos ritos, el canto y la danza ocupaban un lugar protagónico. Pero además del canto ritual, los kawésqar solían componer bellos cánticos para atraer a sus presas durante la caza, les cantaban a todos los seres vivos de los archipiélagos, imitándolos con su voz y con su cuerpo; y en familia, acariciaban a los más pequeños con melodías lúdicas o juegos cantados.

Los años han pasado, y hoy el kawésqar se siente sólo, tiene pena, y la tristeza ha silenciado el canto… “Yo escuché de mi mamá que antes había gente, que se juntaban, jugaban, cantaban. Nosotros no, no tenemos nada que escuchar, pura lluvia no más. Ya no hay nada, ya se terminó.” Pero para estos nómades marinos en realidad nada termina. Para el kawésqar la muerte se encuentra ligada a los sueños y el espíritu sigue siempre vivo, aún después de morir. Esta relación vida-muerte es esencial para comprender la cosmovisión de este pueblo: “El kawésqar también tiene otra vida. Por eso las personas, cuando fallecen, se las entierra con todas sus cosas que tuvieron en vida. Utensilios y se les enterraba con eso y su ropa. Uno sigue viviendo, uno muere, pero el alma sigue viviendo, navegando, pero se va al océano, uno no navega más acá por los canales, se va al océano, a un mar más grande, y uno sigue navegando, uno sigue siendo kawésqar.”

Hoy, casi ya no se celebra rito alguno, y persisten sólo algunas creencias en entes sobrenaturales, espíritus o seres míticos. Así, Mwono es el espíritu del ruido, y se manifiesta en las avalanchas de fiordos y glaciares, y Kawtcho es el espíritu rondador de la noche, que de día camina por debajo de la tierra y por la noche emerge desde las orillas de las aguas. Estos seres están también presentes en la literatura oral, la que se ha seguido transmitiendo y se ha conservado hasta el presente, aunque muchas veces fragmentada. Es a partir de esos fragmentos que esta comunidad está intentando reconstruir los cuentos, mitos y leyendas de un pueblo en creciente aculturación. Los narradores expertos ya se han ido de esta tierra, y de los pocos ancianos que recuerdan los relatos, la mayoría se esconde en su timidez, por considerarse menos hábiles para compartirlos.

Pero algunos quieren hablar, contar, narrar y continuar con lo que sus sabios ancestros les dejaron, comprendiendo la importancia de mantener hoy viva su cultura y su lengua, tal como mantenían vivo el fuego en sus canoas. "Antiguamente andaba el anciano. Y todos se han muerto, se han ido muriendo [los ancianos] y los últimos (la gente de ahora) ya no saben nada más. Y contaba cuentos antiguos y sus vivencias, y al contarlo se entusiasmaba, y cuando le preguntaban solía contar. ¡Y se fue a morir! Cuando le preguntaban contaba todo. Y al morirse no hay nadie que cuente [como él], pues todos han olvidado todo; yo sé que todos los que están al otro lado (al otro lado de la bahía) no saben nada. Y yo sé contar cuentos, y cuando me dicen que lo haga, lo empiezo a contar. Y yo aprendí de él. El cuento del ratón y el cuento del pájaro, del pato quetro, a animarlo lo contaba. Ahí yo aprendí y aquí estoy, y cuando me preguntan, yo hablo".

Evitar un riesgo inminente

Hoy, el kawésqar vive en una casa que no se mueve del lugar donde fue construida; se viste como cualquier chileno, con ropa de países lejanos e industrializados; compra lo necesario para su alimentación y la de su familia en los almacenes que se han instalado en el lugar y consigue productos más exclusivos en los barcos que llegan a la caleta cada semana. Pero hacer desaparecer una historia tan profunda y tan antigua como los primeros habitantes de estas tierras, es difícil… La comunidad kawésqar de Puerto Edén aún practica algunas costumbres, aunque ahora con otros fines. Así, la caza de lobo marino –actividad permitida sólo para esta comunidad–, ya no es practicada para comer su carne y cubrirse con su piel, sino para elaborar pequeñas canoas que intercambian o venden a los visitantes; la talla en hueso de ballena para la confección de arpones sigue activa, sin embargo, son pocos los que cazan con esta herramienta; y las mujeres aun tejen, ilusionadas y nostálgicas, pequeños canastos en junquillo. Antiguamente los usaban para recolectar mariscos, hoy hacen las veces de pequeña artesanía y son vendidos a los turistas. Un pueblo que mantiene viva su artesanía, mantiene viva su cultura y es por esto, que en un proceso de rescate cultural, la comunidad está aprendiendo a realizar canastos con técnicas de tejido ya en desuso, y enseñándoselas a los escasos jóvenes de la villa Puerto Edén, para que este patrimonio hecho a mano no se pierda en el tiempo.

Los últimos portadores de esta cultura austral son los más ancianos. Éstos son los encargados de mantenerla despierta, los que aún conservan vivos los cuentos, historias y leyendas de esta tierra milenaria, quienes hasta hoy practican las antiguas costumbres de cacería de las distintas aves y, lo más importante: quienes han mantenido intacta la lengua vernácula de este pueblo originario. Los pocos integrantes de la comunidad kawésqar de Puerto Edén que hablan la lengua en forma fluida, lo hacen sólo entre sus pares. En presencia de personas externas a su pueblo se expresan en español, el cual es hablado con dificultad por los ancianos y los más adultos, y con mayor fluidez por los jóvenes y los niños, debido a que éstos recibieron educación escolar. Esta misma educación, cual arma de doble filo, es la que los ha privado en parte de su lengua originaria: algunos la han ido olvidando gradualmente, otros ni siquiera alcanzaron a aprenderla. Por otra parte, al cambiar su forma de vida y costumbres de nómades marinos a sedentarios, dejaron de usar las expresiones ligadas a la caza y la pesca, desplazando con ello su lengua ancestral.

La Comunidad Kawésqar de Puerto Edén, presidida por Juan Carlos Tonko, hoy está trabajando duro para dejar registros de su saber y su cultura: de su literatura oral y de su lengua. Comparten con antropólogos y etnolingüistas tales como Nelson y Oscar Aguilera sus historias, y juntos intentan descifrar una lengua silenciada por el olvido. Actualmente ya se cuenta con la elaboración de una gramática, varios manuales para la enseñanza del idioma y un archivo sonoro de esta valiosa forma de expresión. El kawésqar no quiere pasar de los intrincados canales al gran océano sin que nuevas generaciones reciban el tesoro de un saber ancestral. Saben que el riesgo de perderlo todo es inminente, que ya no queda nadie más que ellos, y que de ellos depende plasmar en tierra la huella de sus espíritus: “Uno nunca supo, hasta que quedamos pocos, que la riqueza estaba en nosotros mismos.”

Muchas de las costumbres se han perdido, y es para prevenir que esto siga sucediendo, que los integrantes de la Comunidad Kawésqar de Puerto Edén han sido reconocidos Tesoros Humanos Vivos: debido a la importancia de rescatar su lengua antes de que los últimos hablantes de ésta fallezcan; para apoyarlos en su situación de aislamiento y precarias condiciones de vida, y para garantizar el que la transmisión de esta cultura siga siendo real y efectiva por parte de la comunidad, con el fin de dejar un legado a las generaciones más jóvenes y a las que están por venir.

Esta comunidad, al igual que la mayoría de las comunidades indígenas de Chile, son bilingües, ya que para comunicarse con la cultura dominante debieron aprender el castellano como segunda lengua. Sin embargo, los no más de 7 integrantes de este pueblo que hablan kawésqar lo siguen utilizando al encontrarse en comunidad. Lo rescatan en los pocos ritos que aún celebran y en los mitos, cuentos y leyendas con que explican su historia y cosmovisión.

Muchos de estos mitos se comunican con la realidad a través de la conexión que esta cultura estableció entre el sueño y el mundo de la muerte: los espíritus de los muertos, que se convierten en auxiliares de los vivos en situaciones extremas, se comunican con estos últimos a través del sueño. Así lo explican algunos relatos como el de “La gran inundación”, en el que un joven mata a una nutria tabú, a pesar de la advertencia hecha por sus padres. Se produce una gran marejada que extermina a personas y animales. Sólo sobrevive el joven y la muchacha de quien está enamorado. Ambos logran escapar de la furia del mar subiendo a un cerro alto. Al encontrarse desamparados, sin alimentos ni abrigo, el joven sueña con el espíritu de su madre, quien lo guía para salir de la situación. El mundo mítico kawésqar está poblado por animales-hombres y hombres que interactúan con aquéllos. En este mundo mítico, la muerte aparece como agente de transformación y origen, conectando el mundo mítico con el real. Los animales-hombres al morir, se transformarán en los animales que poblarán el mundo real: cuento del zorzal o el cisne.

Hoy, sólo para algunos, la dieta aún se conforma de moluscos y carne de lobo. La dieta ha cambiado considerablemente debido al permanente contacto con los “chilenos” y con los barcos que hoy visitan esta localidad, más la proliferación de almacenes que venden diversos productos. Aun así, persisten las prácticas de recolección y caza practicadas desde hace miles de años por este pueblo ancestral, pero en considerable menor medida: los kawésqar son los únicos autorizados para cazar lobos marinos, utilizar su carne como alimento y la piel para confeccionar pequeñas canoas, a semejanza de las antiguas embarcaciones de piel. Esta es la artesanía que los últimos y ancianos kawésqar venden o truecan a los visitantes que llegan en los pocos barcos que pasan por Puerto Edén, semanalmente.

Su antigua economía de subsistencia a base de recolección, pesca y caza no constituye ahora su única fuente de recursos, puesto que una gran parte de ella ha sido sustituida por la artesanía consistente en la manufactura de pequeños botes y canastos tradicionales destinados ahora a los turistas y pasajeros de barcos mercantes.

Habitantes de una tierra marcada por el fuerte viento, la incansable lluvia, y un frío que a ratos llega a ser doloroso, los kawésqar cuentan con una cosmovisión basada en un conjunto de seres malignos que poblaban su tierra. Estos seres son un reflejo de las duras condiciones climáticas y telúricas en las que vivían. Mwono es el espíritu del ruido y se manifiesta en las avalanchas de fiordos y glaciares; Ayayema domina el fuerte viento del noroeste, ese que da vuelta las embarcaciones y que provoca el fuego de las viviendas y que se vierten directamente en el mar y el río de hielo lentamente se desliza hasta llega al nivel del agua, en el fondo de una pequeña bahía o de un estrecho fiordo. La masa de hielo se sumerge bajo el nivel del agua, avanza poco a poco empujada por las masas que la siguen. El peso del hielo suspendido se hace insostenible y de pronto se derrumba, provocando un ruido ensordecedor. Lo que para nosotros es un milagro de la naturaleza, para los kawésqar es un ruido ensordecedor, mil veces repetido.

El owurkan, según Gusinde, podía ser considerado como médico, chamán o sacerdote encantador. Se ocupa de las curas de males de salud, de predicción del tiempo como de la influencia espiritual sobre la gente.

Ser bueno invisible, Alp-láyp, al cual le daban gracias cuando tenían copioso alimento, y a un ser malo, Alel-Cesislaber, un gigante que se llevaba las personas que cruzaba.

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  • Folio CNCA: 281

  • Tipo: Cultor Colectivo

  • Fecha de registro en SIGPA: 29-12-2011

  • Ubicación: Región de Magallanes y la Antártica Chilena - Puerto Natales

  • Composición: Mixto

  • Dominios específicos: Conocedor del territorio y medioambiente / Kawesqar

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  • Tesoro Humano Vivo de Chile año 2009

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