BANDA DE CABILDO DE LA FAMILIA PAICHIL DE CALEN

Banda de pasacalle

cultor colectivo
Documentado por: Julia Walker

Reseña

La Comuna de Dalcahue, asentada en la ribera oriental de la Isla Grande, tiene 9 capillas (iglesias) y sus respectivas fiestas religiosas cuentan con dos bandas de pasacalles (ambas en Calen) y una tercera banda en recuperación (San Juan). Antes de los 80 (periodo de inicio de la Industria salmonera y del camino costero) todas las iglesias antiguas contaban con sus bandas. La movilidad laboral de esos años y la transformación de los intereses locales, especialmente de la juventud, son factores determinantes. Una sociedad de campesinos y recolectores de orilla se transformó en obreros de la industria trasnacional.

Después de los 70 se construyeron iglesias en Puchaurán y Tocoihue, localidades cuyos asentamientos crecieron como consecuencia de la construcción del camino troncal de la Costa. Astilleros trasladó desde Tey una iglesia en los 90; esta área recibió a la industria procesadora. Dalcahue, como comuna creció en un 37,5 % entre 1992 y 2002.

Hasta hace medio siglo todas las capillas que conforman la Parroquia de Dalcahue contaban con músicos que para la fiesta patronal del pueblo se organizaban en bandas que interpretaban la “marcha” que abría paso a la procesión.
En la actualidad sólo en Calen hay una banda familiar –de los Paichiles- con un siglo de antigüedad y otra banda organizada por el pueblo con tres décadas de existencia.

En el pueblo colindante –San Juan- la banda se había disuelto por algunos años, pero con el apoyo de viejos músicos reaparece. La conforman Moisés Ulloa, integrante de la banda de Calen; Abelito Bahamonde, un viejo músico de fiestas locales; Sergio Bahamonde, un buen acordeonista diatónico y Armando Bahamonde, profesor y encargado de cultura de la comuna, oriundo de este pueblo.

Al parecer, aquí ya está resuelto el problema; pero puede volver a perderse esta banda. Debe ser reforzada, tal vez desde la escuela.

En los centros urbanos –en la ciudad/parroquia no ha existido ni fiscal –una autoridad desde comienzos del s. XVII- ni bandas de pasacalles, ambas instituciones comunes a todo el campo chilote, desde el Reloncaví al sur. Empero, últimamente hemos visto la reaparición de pasacalles en esos lugares asociados a músicos folklóricos y a actividades públicas. No responden a la institucionalidad tradicional.

Es el caso de Dalcahue y Tenaún donde hemos presenciado la existencia de estas murgas.

La banda de Cabildo más antigua de Chiloé es la de la familia Paichil de Calen. Manuel Jesús Paichil Millalonco, “El Tata”, al parecer recibió esta tradición de su padre Ignacio Paichil.
A mediados de los 50 tomó la acordeón a botones su hijo Clodomiro quien heredó a sus hijos y nietos la ejecución instrumental de una acordeón HONER y la percusión del bombo, el tambor y un redoblante. En esos tiempos la diuca - que era un aerófono a base de un vaso con agua y el cálamo de una pluma (un tubito) que formaba un pito- fue construido con un tarrito de lata al que se le soldó una tolva para poner el agua y un tubo para soplar. Hoy es un instrumento único en Chiloé que impone la melodía con el gorjeo pero que, a la vez, marca el ritmo.
Dan vida, hoy, a la banda de la familia Paichil: Carlos Purísimo (acordeón a botones), Miguelito (acordeón apianada), Adriana (bombo), Joaquín Andrés Munarde (caja) , Esteban (guitarra) e Iván la singular diuca. Pero, de un año al otro se van incorporando los más jóvenes, en una cadena infinita de reemplazos e integraciones.
Sin embargo, el eje de esta banda, es la madre/abuela de estos integrantes: Maiga (Margarita) Nancuante Nancuante.
Esta banda, como muchas otras de Chiloé, expresan el color de la música
huilliche la que hemos encontrado con similares características musicales e instrumentales en San Juan de la Costa, en Osorno, asociada a nguillatunes y leupunes.
Ellos, junto a otra banda creada en los 80, constituyen la música de las fiestas a la Virgen, el 8 de diciembre, y a San Francisco, el 5 de octubre.

La familia Paichil tiene un día de fiesta al año. Es como un domingo grande en el pueblo cuando las centenarias imágenes de la Purísima y la Inmaculada Concepción son veneradas por la comunidad que ha engalanado su iglesia. Se descuelgan de toda esa comuna rumbo a Calen para darles culto con cantos, ensalmos y fiesta. Es el 8 de diciembre.

Hace ya un siglo, o tal vez más que los Paichiles, organizó una banda de música para dar realce a esta celebración y para acompañar al Cabildo en su recorrido por las callejuelas y las playas de la aldea, interpretando un par de marciales pasacalles.
El pueblo recuerda a Manuel Paichil y a sus hijos Coyito y Carmen venir por esos arenales con su música que, al igual que las campanas, anunciaban al pueblo, muy temprano, que era día de fiesta y celebración como un gran domingo. Ellos, al parecer, heredaron de su padre Ignacio esta bandita, muy simple, con bombo, tambor y redoblantes que los herederos después agregaron acordeón diatónica, un extraño aerófono que llaman diuca y últimamente guitarra.
Después de muchas averiguaciones resulta ser la banda de cabildo más antigua de Chiloé. La familia Paichil, a través de las generaciones, han logrado hacer de un grupo de instrumentos un bien patrimonial para Chiloé.
En un acto ritual entregaron la réplica de sus instrumentos al MUSEO DE LA EVANGELIZACIÓN de la iglesia de Achao, la más antigua de Chiloé. De esta forma quedan incorporados a la historia religiosa de Chiloé.

A comienzos de los 80, Coyito Paichil tenía una vieja acordeón a botones. Pidió al municipio que le consiguiera una nueva, pero no resultó la petición. Entonces se negó a tocar para la fiesta del 8 de diciembre.
La comunidad decidió formar una nueva banda que sigue funcionando con las mismas personas de entonces, más los hijos y nietos, que se van integrando cuando aprenden algún instrumento. Estos son: Chico Nene (René) Nancuante, Heto (Héctor) Bahamonde, Cochecho (José) Due, Moe (Moisés) Ulloa.
El conflicto de los Paichiles se resolvió cuando el folklorista de Valparaíso Juan Pérez Ortega les regaló una acordeón diatónica que el grupo usó hasta el verano del 2011 cuando el Museo de la Evangelización de Achao se la cambió por una igual, pero nueva.

La desaparición de la música indígena de Chiloé va ligada a la prohibición y al exterminio de los nguillatunes, machitunes y a otras prácticas sociales, donde se anidaba el canto y la música de estos pueblos.
La música actual de Chiloé es de clara raigambre hispánica, aun cuando se reconoce en su estilo elementos ajenos a ese origen, como es la percusión.
La escuela, la iglesia y las fiestas comunitarias han sido los factores de desarrollo y animación del canto, la música instrumental y el baile de Chiloé. Las fiestas de trabajo (mingas) impulsaron un rico repertorio para la música festiva de Chiloé.
En 1630, comienza la misión melodiosa del misionero Francisco van den Bergh o Vargas, junto a su ayudante el hermano Luis Berger, quienes incorporan la música a los cultos de la misión chilota como instrumentos de ‘propaganda fide’.
Las fiestas patronales habían atraído el interés de los villorrios para que cada vecino participara con lo mejor de sí mismos en la celebración respectiva. Se cultiva en especial el canto. La ejecución instrumental quedará para los mejores músicos locales que se agrupan en bandas de cabildo. Estas expresiones sincretizan de un modo magistral las voces que llegan de afuera con el propio aporte de los lugareños.
Usaron violines, guitarras, tambores, bombos, cajas, flautas y tardíamente acordeones.
Los pasacalles marciales que entonan las bandas de cabildo son las expresiones musicales más sinceras de las comunidades que resguardan la pieza heredada, pero la ejecutan con los colores de las modas y los lugares. Así hoy podemos percibir en esas melodías/ritmos algún vals, cumbia o ranchera; pero también la identificamos como propia de Calen, Caguach, LLingua o cualquier lugarejo que tenga fiesta patronal.

Don Alfredo Nancuante, con su cántico melismático da fuerza y dramatismo a la procesión. Va por la playa cantando con su bozarrón de diácono antiguo, de amomaricamañ, de fiscal del siglo XVII. Doña Esterlina Alderete, su esposa, lo acompaña con el libro de rezos abierto, más por protocolo ritual que por necesidad. Su voz encabeza el coro de mujeres que por momentos se sobrepone al repicar de campanas, a las bandas y al sur suave; el sur azul de hoy 8 de diciembre, en la fiesta de Calen.
La multitud ha salido de la iglesia llevando a sus imágenes votivas: la Virgen Purísima -menuda y apercalada- y la Inmaculada, estática en su coraza de género enyesado. Una vez al año van por las callejuelas de su aldea, por sus playas; muchas generaciones ocultas en los cantos reiterados de estas voces del presente que arrastran el „cante jondo’ de la Andalucía del XVII:
Roma al fin ha declarado/ por solemne decisión/
que fue vuestra concepción/ limpia de todo pecado/
/.../
Y las mujeres sintetizan el dogma de fe, con un coro arrastrado, dulcemente afectivo, que suena a violín:
“Seas concebida María /
sin Pecado Original”

Una vez al año acuden los campesinos de Calen a renovar este compromiso con la „Purísima‟ y la ‘Inmaculada Concepción de María‟. Primero la misa, la procesión y por la tarde la fiesta. Es, junto a Quinchao y Rilán, una de las tres más importantes celebraciones marianas de Chiloé.
Calen es una comarca ribereña. Tierra de los Bahamonde. Sus habitantes han sido campesinos, con buenos lanares y bueyes famosos en las mingas de destronque y las tiraduras de casas. En sus tiempos libres han tenido una relación esporádica con el mar, más bien para su propio consumo. También han sido esquiladores en las estancias patagónicas. Pero, durante las últimas décadas, como todos los pueblos de este archipiélago, los jóvenes han cambiado el gualato y el trabajo de la tierra por las salmoneras. Es más limpio aseguran, mientras sus mayores los escrutan con miradas corvas.
Como en todas las fiestas patronales, la celebración parte con una novena y en este caso, además, con el Mes de María. Al medio día hubo misa, a iglesia repleta. El acto litúrgico finalizó con una procesión por el entorno próximo al templo. Las bandas de guitarra, acordeón, cajas y bombos hacen vibrar al poblado. Destaca la diuca, un aerófono a base de agua y una boquilla que es un silbato. Este instrumento, único en Chiloé, refuerza el ritmo del bombo, pero melodiosamente, como un gorjeo. La banda de los Paichiles pertenece a una familia que por cuatro generaciones nos ha hecho escuchar pasacalles, el sonido rítmico de la romería. Son dos bandas las que tocan los tres pasacalles. Una de esas músicas se la „robaron‟ a Llingua, nos confidencian.
Por momentos todo se acalla. También se silencia la campana echada al vuelo desde que la gente salió de la iglesia. Es Alejandra Higueras que agradece a la „Inmaculada‟ recitándole poemas en el día de su „Primera Comunión‟.
Por la playa enverdecida de lamilla van los cantores y músicos y procesantes, como resabios mozárabes y barrocos en un lejano archipiélago sudamericano. Arcos, estandartes, banderas chilenas y las imágenes de la Virgen recortadas en el azul intenso del sur. Reiteran la tradición, como en un mandato, que los primeros misioneros les enseñaron a las 20 familias del poblado de „Caleng‟, entre las que debieron estar los Paichiles, los Nancuantes y los Due quienes, cinco siglos después, todavía siguen cantándole a la Virgen.

Una de las aventuras más notables de la conquista española son las misiones de Chiloé. Por cierto, la obra tiene la audacia de haberse cimentado sobre la base de dos sacerdotes, los fiscales y un bote de tres tablones que los españoles llamaron „piragua‟ y los chono „dalcas‟. Ese fue el altar de la evangelización.
Este es el marco sobre el que se desarrollaron las míticas „Misiones circulares‟.
Desde 1609 Venegas y Ferrofino salen al archipiélago a „tantear la disposición de las almas‟, como lo anotan en su primera Carta Annua. El entusiasmo por trabajar con los isleños, por evangelizarlos e incorporarlos a su mundo se verá reflejado en diversas acciones que toma Melchior Venegas tendientes a construir iglesias locales por el archipiélago las cuales deja al mando de los ‘amomaricamañes’ [‘pastores que sacan el mal del cuerpo’ quienes posteriormente serán designados como fiscales.
Sobre esos dos pilares se diseñará la „Misión Circular‟ que durante tres días al año visita esas iglesias pajizas y atiende a la población del distrito. Los fiscales lo atenderán durante el resto de los 362 días del año. En 1757 son 76 los sitios misionales activos.
El atractivo para los isleños será la fiesta patronal impuesta primero como culto católico que reemplazará al „nguillatún‟ de la religión mapuche. Con el tiempo estas celebraciones arrastran consigo a los dioses mapuche en una sola expresión, sincretizando ambas creencias.
Las fiestas celebradas a partir del culto a una imagen religiosa constituyen hoy emblemas comunitarios que marcan el tiempo cíclico de una aldea. A través de esa festividad se recupera el pasado, como un presente siempre actual, logrado por esta reiteración ritual.
Al cantar estoy cantandole a mi abuelo y a todos mis padres del tiempo. Yo soy ellos en el canto o en la música o en el recorrido de una procesión. “Es el compromiso que tenemos con nuestros mayores”, nos cuentan. Es el mismo pacto que establece el mapuche con sus antepasados, con sus pillanes o protectores.
Cantos rituales, ceremonias, bandas tocando los mismos pasacalles de siempre son los que convocan al pasado a su renovación, a su renacer. Por eso, va después la fiesta, el baile, la comida y la embriaguez. Es la forma de salirse de la cotidianidad profana e introducirse al tiempo sagrado del rito que los liga como comunidad eterna.

Contexto:
Las bandas de PASACALLES son conjuntos formados por tres o más músicos que tocan en una PROCESIÓN religiosa dando con esto marcialidad a toda la ceremonia. Todas las bandas interpretan una pieza musical, de marcado ritmo y marcialidad, herencia de cada comunidad. Así estas músicas aparecen como banderas sonoras de cada pueblecito –con un color musical propio- aunque en sus orígenes sea la misma pieza musical en todo Chiloé. Estas marchas son llamadas PASACALLES, nombre que se ha popularizado en las últimas décadas.

En 1630, comienza la misión melodiosa del misionero jesuita Francisco van den Bergh y su ayudante el hermano Luis Berger, quienes incorporan la música a los cultos de la misión chilota como instrumentos de ‘propaganda fide’ (propagación de la fe).

Hay bandas que son permanentes en una comunidad, mientras que otras se forman ocasionalmente para una celebración, convocadas generalmente por alguna instancia de la organización religiosa local quienes “buscan a los músicos”. Las dos bandas de Calen son del primer tipo; la banda de los Paichiles la formó una familia hace ya un siglo; la otra existe desde los 80’, pero con intérpretes fijos. Distintas son las bandas de Achao y poblados vecinos cuyos músicos no siempre son los mismos y participan en las distintas capillas del sector.

Las bandas de pasacalles tocan para la Fiesta Patronal del pueblo y, en algunos casos, para otras ocasiones similares. En celebraciones más complejas como las de Caguach la banda forma parte de diversas liturgias como las procesiones, los juegos de banderas, los paseos o rodeos, la preba o regata y para la llegada de las cofradías de los Cinco Pueblos.

Las bandas lo integran acordeones (diatónicas y apianadas), guitarras, percusión (bombos, tambores, cajas o redoblantes, panderos) y flautas o pitos (caña/ metal) y, excepcionalmente en la banda de los Paichiles de Calen utilizan un aerófono: la diuca. El violín, que aisladamente todavía se aprecia en algunas bandas, fue desplazado por la acordeón, después de los 60’. Lo más común es encontrar un acordeón, una guitarra y un bombo.
Los pasacalles, hoy, son las expresiones musicales más sinceras de las comunidades que resguardan la pieza heredada, pero la ejecutan con los colores de las modas.

Contreras en su estudio señala que el pasacalle, desde el punto de vista musicológico, tiene su origen en Europa y morfológicamente junto con el pasacaglia evolucionaron generando nuevas formas musicales. Agrega que los pasacalles de Chiloé son morfológica y estructuralmente formas cerradas, y no han dado lugar a ninguna otra forma derivada de ellos aunque han generado sucesivas creaciones y recreaciones. (Contreras Scorsoni, Víctor. 1996. Pasacalles de Chiloé. Castro: Multimedios Chiloé).

Los integrantes de estas banditas son músicos que tocan en las fiestas de su comunidad. Ese hecho hace que arrastren influencias de esa música festiva y la sincretizan en los pasacalles que suenan distinto en cada época y en cada pueblo. Hoy las influencias más notorias son del vals, la cumbia y las rancheras mexicanas.

Los músicos tocan hieráticos sus instrumentos; con la solemnidad propia del rito. El pasacalle es marcial y reiterativo; suena por sobre la multitud, apagando el canto lastimero y conmiserativo a la imagen devota; se sobrepone al tañido de la campana, que más que tocar canta. La banda encabeza la multitud como un mascarón de proa que ordena el caos sonoro. Crea una columna vertebral armoniosa y con ritmo, dando arquitectura a una masa intuitiva que arrastra una épica arcaica, caminando en un espacio “in illo tempore”, desafiando épocas primordiales. Memorias de la historia íntima de estas pequeñas comunidades.

Se trata de conocer la vigencia de los pasacalles de Chiloé y del estado de las bandas que los interpretan. Para ello hemos considerado dos sectores vecinos, pero que responden a condiciones socioculturales, históricas y geográficas distintas.

La Comuna de Dalcahue, asentada en la ribera oriental de la Isla Grande, tiene 9 capillas (iglesias) y sus respectivas fiestas religiosas cuentan con dos bandas de pasacalles (ambas en Calen) y una tercera banda en recuperación (San Juan). Antes de los 80 (periodo de inicio de la Industria salmonera y del camino costero) todas las iglesias antiguas contaban con sus bandas. La movilidad laboral de esos años y la transformación de los intereses locales, especialmente de la juventud, son factores determinantes. Una sociedad de campesinos y recolectores de orilla se transformó en obreros de la industria trasnacional.

Después de los 70 se construyeron iglesias en Puchaurán y Tocoihue, localidades cuyos asentamientos crecieron como consecuencia de la construcción del camino troncal de la Costa. Astilleros trasladó desde Tey una iglesia en los 90; esta área recibió a la industria procesadora. Dalcahue, como comuna creció en un 37,5 % entre 1992 y 2002.
La comuna/ archipiélago de Quinchao, con 18 capillas, mantiene estas bandas en casi todas sus iglesias. El impacto industrial no influyó de manera tan determinante porque no fue un escenario propiamente salmonero, aunque se instalaron tardíamente en el archipiélago pero no tan masivamente como en la costa de la Isla Grande. Los jóvenes, además, tuvieron siempre la alternativa de la pesca artesanal, una buena competencia laboral en las décadas anteriores, que les entregó mayor independencia laboral. Otro aspecto relevante para la mantención de las prácticas religiosas es la existencia en el corazón de este archipiélago de la mayor festividad religiosa del sur de Chile: JESUS NAZARENO DE CAGUACH. Allí se concentra el archipiélago en agosto y, desde 1978, también en enero. La cofradía de los “Cinco Pueblos” (Alao, Apiao, Chaulinec, Tac y Caguach) sustenta esta fiesta y todos ellos llegan con bandas e imágenes.

  • Folio CNCA: 2516

  • Tipo: Cultor Colectivo

  • Fecha de registro en SIGPA: 04-11-2015

  • Ubicación: Región de los Lagos - Dalcahue

  • Composición: Mixto

  • Dominios específicos: Banda de pasacalle

  • Inactivo

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