Cuasimodo

“El Cuasimodo o "Correr a Cristo" es una fiesta que según datos históricos surge en Chile durante la temprana República, existiendo sus primeras descripciones claras desde 1822 (Prado, 2012). Lo anterior no va en desmedro de un posible origen anterior, existiendo versiones informales o poco respaldadas por datos concretos que lo remontan al periodo colonial (SIGPA, 2011). Su origen religioso se remonta al Concilio de Trento proclamado por la iglesia católica entre 1545 y 1563, el cual estableció como obligación que todos los creyentes debían acudir a comulgar al menos una vez al año, en Pascua de Resurrección, sin importar su aislamiento geográfico ni sus dificultades físicas de desplazamiento. Desde aquí se crea la necesidad de llegar con la Comunión hasta los hogares de ancianos y/o enfermos católicos que no podían acercarse a la Iglesia, muchos de los cuales vivían en recónditas zonas rurales, lejos de los poblados. (Prado, 2012)

Ya en la época republicana temprana, específicamente en el periodo anárquico (1825-1830, aprox.), la inestabilidad política del momento, según variados historiadores, influyó en un aumento de la delincuencia, presentándose gran cantidad de bandoleros rurales que acechaban a los transeúntes en la soledad del campo. De acuerdo a la tradición oral, el Cuasimodo surgió gracias al celo de unos sacerdotes Dominicos que salían a llevar la comunión a los enfermos dispersos por los campos durante la Pascua, montados a caballo y llevando el Santísimo bajo el poncho. Los sacerdotes que recorrían largos caminos despoblados portando utensilios sagrados de plata, oro y otros objetos de valor comenzaron a ser presa fácil de estos hambrientos forajidos. Por otra parte, el mal estado de los caminos y la premura que solían tener estas carrozas por acaparar gran cantidad de feligreses en largas distancias, provocaba una gran cantidad de accidentes y contratiempos de todo tipo, quedando los sacerdotes y sus colaboradores abandonados en medio de la nada. Ante esto, grupos de pobladores rurales creyentes ofrecieron crear caravanas especiales de resguardo, que a manera de escolta acompañaran la carroza del cura en sus sagrados viajes de Comunión. Los jinetes de escolta indicaban el recorrido y, eventualmente, protegían al sacerdote de asaltos durante el trayecto.

Según el historiador Juan Guillermo Prado (2012) la primera descripción de la Fiesta de Cuasimodo fue realizada por la viajera británica Mary Graham en el año 1822. Es sorprendente observar como en esta descripción se señalan características del Cuasimodo que perduran hasta hoy, donde en medio de una algarabía de campanas y jinetes, un sacerdote se trasladaba a entregar la Comunión a los enfermos. Al respecto, la aparición de Cuasimodo por esos años, vino a disminuir la ocurrencia de ataques de bandoleros a transeúntes en los caminos rurales del valle central.

Ya a mediados del siglo XIX, es menester referirse a las declaraciones que realiza el político argentino Domingo Sarmiento en 1842, refiriéndose a Cuasimodo: “Estas mojigangas (fiestas) están hoy relegadas a algunos villorrios insignificantes, y es de esperar que en honor de la religión y la civilización desaparezcan de todas partes. (…). En un pago inmediato (de Santiago) llamado Renca, se reúne el paisanaje a caballo en la placeta inmediata a la iglesia el día de Cuasimodo en que se acostumbra a llevar en gran ceremonia el viático a los enfermos. El cura sale a caballo, y la inmensa turba de caballeros que lo acompañan, dan tales carreras , tal polvareda levantan, tantas pechadas dan con los caballos y tal algazara hacen, que más visos tiene de un combate o de unas cañas (fiesta ecuestre), que de un acompañamiento de cristianos que reverencian y adoran las sagradas formas” (Prado, 2012: 14). Muchos otros políticos, religiosos y pensadores criticaron a Cuasimodo como una fuente de borracheras, orgías y expresión fútil del bajo pueblo, pensándose que bastaría con un par de ruidos de sable para hacerla desaparecer. Sin embargo, arraigada en lo más profundo de la cultura chilena que recién se perfilaba en aquel siglo XIX, en el uso del caballo, del huaso chileno y la devoción católica, Cuasimodo se transformó en la institución religiosa-popular más importante de la zona central y una de las más masivas de Chile.

El cura de la parroquia local u otro que pueda contactarse para la ocasión es fundamental en la celebración de Cuasimodo. Es él quien da el visto bueno para su realización y se encarga de hacer las invitaciones oficiales. En último término, Cuasimodo debe ser organizado por una parroquia, con ayuda o participación de la organización cuasimodista local (que debe trabajar bajo su alero). Además, el sacerdote es el actor principal de la corrida, al ser su figura como representante de la Iglesia y acción de dar la Comunión en terreno lo que justifica Cuasimodo. En torno a él se organizan los distintos grupos que corren escoltándolo e incluso se le rinde pleitesía con gritos como: ¡Viva el señor cura!

Los rezadores son los encargados de ir vociferando ciertos gritos, rezos o “santos” en honor a Cristo, la Iglesia católica, la organización cuasimodista y otros elementos sagrados o mundanos que sean pertinentes en la ocasión. El grito es respondido por la multitud de la comitiva. Un ejemplo: “!Santo, Santo, Santo, Señor de los Ejércitos!”, y se responde a coro: “¡Llenos están los cielos de la majestad de Vuestra Gloria: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo!” Si bien todo cuasimodista tiene el derecho de exclamar rezos comúnmente más sencillos como “¡Viva Cristo Rey!” (“¡Viva!”, se responde) se designa a uno o algunos hombres de fuerte vozarrón para que se encarguen de los más elaborados y que sean escuchados/respondidos por todos (ver SIGPA María Teresa Contreras). De todas formas esta función en ocasiones puede ser asumida por mujeres con fuerte voz. Además, hoy en algunos Cuasimodos se utiliza amplificación para simplificar la tarea y asegurar difundir bien el sonido en grandes caravanas.


Referencia bibliográfica:

Prado, Juan Guillermo. 2012. “Cuasimodo. Carga de caballería a lo divino”. Valparaíso, Ed. Alba.

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