Canto a la rueda

En la tradición de la cueca, uno y sólo uno ha sido el arte mayor: el canto a la rueda. Este arte, no va acompañado más que por un guía que taña sobre una silla de madera o un cajón, marcando la melodía sobre la que se tendrá que improvisar. Se trataba de una competencia, un desafío, quienes se equivocan o no eran lo suficientemente creativos eran eliminados y abandonaban el ruedo.

Cuando te toque pararte

con un viejo carrilano

no hagai la de Juan Segura

que se solaba las mano.

Cuando está en la rueda

no cantis gloria

y hasta no ver el fin

de la victoria.

De la victoria, si

que el fierro se muerde

y hasta lo más seguro

también se pierde.

Yo puéo dar consejo

porque soy viejo.

El canto a la rueda fue básicamente una escuela en donde los cantores más viejos hacían gala de su experiencia a la hora de dominar melodías y tonos altos.

En el canto a la rueda los comensales se organizaban en grupo de a cuatro, siendo el tañadote quien daba la melodía y el tono y daba el pie para que a su mano derecha se iniciase la rueda. Poco a poco se iban eliminando a los contrincantes, hasta que al final quedaban sólo los cuatro mejores cantores.

Fue una práctica común que el desafío en el canto llevara a duelos y competencias, por lo era obligatorio que los hombres se desarman antes de entrar a la rueda.

Lo que se medía en el canto a la rueda, no era la destreza lírica, sino que la agilidad en cuanto a melodía y canto.

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